Sunday, May 06, 2007

MAESTRO ECKHART

EL MAESTRO ECKHART:LIBERTAD INTERIOR Y LA NO-VIOLENCIA
Brian J. Pierce

Aunque la fecha exacta no se sabe, el Maestro Eckhart nació más o menos en el año 1260. Estamos hablando de entre cuarenta y cinco años después de fundada la Orden de Predicadores a la cual perteneció. Probablemente se llamaba Juan, pero ni de eso están completamente seguros, porque ya como figura pública, se conocía como el Maestro Eckhart y con ese nombre se ha quedado en la historia. Nació en Alemania, en un pueblo llamado Hochheim. Ya a los veinte años hay muestras de que estaba en la Orden estudiando. Es muy probable que haya hecho una parte de sus estudios en el studium generale de Colonia donde, sin duda, fue influenciado por el pensamiento de otro gran maestro, Alberto Magno, que murió allí el 15 de noviembre de 1280. El ilustre teólogo Tomás de Aquino, otro discípulo de Alberto Magno, también aportó mucho al rico ambiente teológico y contemplativo que respiraba el joven Eckhart en sus propios años de formación como fraile dominico.
Ya para el año 1300, a los cuarenta años, se sabe que Eckhart era prior del convento de Erfurt en Turingia, y dos años después, en 1302, recibió el título honorífico de Maestro en Sagrada Teología. En esos años, los primeros como prior en Erfurt, dio unas charlas informales, tipo tertulia, conocidas como “Las Instrucciones”, es la primera colección de sus escritos que se conserva. Sirvió un tiempo también como provincial, y después, como ha ocurrido con otros grandes místicos, terminó su vida en-vuelto en una batalla teológica sobre ciertos aspectos de sus escritos espirituales.
Dos años después de su muerte, y como resultado de las tensas polémicas entre los dominicos y franciscanos de la época, quince artículos de sus escritos fueron condenados. No obstante, como en el caso de Tomás de Aquino y otros, los escritos de Eckhart han superado varios siglos de investigación escrupulosa y están saliendo a la luz del día, considerados ahora como aporte sumamente fundamental en la teología mística alemana medieval. La Orden de Predicadores, en su Capítulo General de 1980, inició un proceso oficial para estudiar y evaluar de nuevo los escritos de Eckhart, dando atención especial a los artículos que fueron condenados en 1329. No sería demasiado sorprendente que el Maestro Eckhart algún día fuera declarado santo de la Iglesia. Así pasa con muchos grandes apóstoles de la fe: pasan por su noche oscura eclesiástica para terminar siendo luces brillantes para muchas generaciones posteriores.

1.- La Chispa Divina

Para Eckhart, el ser humano es más que una criatura de Dios. Es un portador de lo divino, es alguien que lleva por dentro la presencia de Dios. Hay un texto de San Pablo que resalta esta misma idea: “Ahora bien, Dios, que dijo ‘brille la luz en medio de las tinieblas’, es el que se hizo luz en nuestros corazones para que en nosotros se irradie la gloria de Dios, como brilla en el rostro de Cristo. Con todo, llevamos este tesoro en vasos de barro, para que todos reconozcan la fuerza soberana de Dios y no parezca como cosa nuestra” (2 Co 4, 6-7). Hay dos puntos claves en este texto: primero, Dios se hizo luz en nuestros corazones. Hay un reconocimiento aquí de una presencia divina en el corazón humano. Y acompañando este primer punto va una imagen muy rica de San Pablo: el tesoro lo llevamos en un vaso de barro. Llevamos el tesoro de la luz divina envuelto en nuestra humanidad. La mayoría de nosotros se siente más vaso de barro que portador de lo divino, pero lo maravilloso es que somos las dos cosas. El regalo de la vida de Dios lo llevamos en la fragilidad de nuestra humanidad. El tesoro del Verbo se hizo carne y sigue encarnándose hoy en el corazón humano.
Eckhart, empleando una de sus imágenes favoritas, y partiendo del simbolismo bíblico de la luz, llama a ese tesoro una chispa, una pequeña luz, un pedacito de la divinidad de Dios. Dice Eckhart: “Hay en el alma un poder que en sí mismo es libre, una pequeña chispa... libre de todo nombre y vacía de todas las formas... Ahí, Dios florece eternamente, y es siempre verde en su divinidad” (8: 76). Y en otra parte añade: “Hay un poder en el alma que se une con Dios: es la chispa” (32a: 237-8). La palabra alma para Eckhart se refiere a esa dimensión del ser humano destinada a vivir siempre (en el “Eterno Ahora”) en comunión con Dios. Hoy podríamos llamar a esa dimensión usando distintos nombres también: el centro de nuestro ser, el corazón, el espíritu, etc. La chispa es la presencia de Dios que habita en el alma.
Esta chispa es lo que se ha llamado tradicionalmente en el pensamiento judeo-cristiano la Imagen de Dios (Imago Dei). Podríamos llamarla también la presencia del Espíritu Santo, ese soplo del aliento de Dios que recibimos al ser creados (Gn 2, 7). Esta chispa divina se hace presente desde nuestra concepción como ser humano; es sembrada en la tierra de nuestra humanidad como la pequeña semilla de mostaza (Mt 13, 31), y mezclada en nuestra masa humana como la levadura (13, 33). Es muy importante para la teología mística de Eckhart y otros/as recordar que la chispa divina es parte íntegra de nuestro ser. No es algo añadido o ganado. Como partícipes de la obra creadora de Dios, somos también, junto con todo ser viviente, la tierra por donde fluye la presencia real de Dios como un río. La gracia del bautismo cristiano destapa o despierta en nosotros la experiencia activa y consciente de una presencia latente.